No sabré a ciencia cierta cuántas visitas hicieron falta para extrañar aquél lugar, con sus paredes de colores contrastantes, con sus cuadros alusivos a la música, con sus pianos, estratégicamente ubicados como custodiando a los pequeños aprendices.
Su olor a madera inconfundible y atrayente perfumaba las clases de 2 a 3, de 3 a 4, de 4 a 5 y así sucesivamente, proporcional a las edades de los prometedores e inquietos pupilos.
No sabré explicar (lo sé), el aire que se respira cuando se abre la reja blanca : saltan niños, madres conversan en bancos de madera, chucherías son pasadas de mano en mano y la música, siempre la música, hermosa, nostálgica dependiendo del día, del ánimo, del oído.
Acordes que se unen en perfecta armonía, pentagramas no tan derechos hechos a crayón, manitos de diversos tamaños y colores, voces blancas…blancas y entonadas, que evocan futuro, que se aferran al presente, que disfrutan su momento.
Acordes infantiles… que hacen bien al alma, que vienen a mi mente en este instante.