EL MUELLE BLANCO

Allí estaba ella. Fresca como la brisa de mañana, con la inocencia trenzada en su largo cabello. Pasaba siempre en la vía a su colegio, compraba allí su “juguito” y alguna hoja de papel ministro.

El sabía exactamente la hora en que iba a pasar. Acomodaba los estantes, se pasaba un peine imaginario, tronaba sus dedos y a esperar. Le hubiese gustado saber lo que era estudiar, pero su vida de comerciante heredada lo había convertido en un “viejo prematuro”.

Su aroma a splash marino hacía de aquella bodeguita un muelle, él se transportaba de inmediato : Aquel muelle blanco de mañanita, el sonido del mar susurro envolvente y relajante, sus manos libres de testigos se acercan, necesitan contacto, sus miradas se cruzan sin barreras…

“Cuánto es” dice ella para hacerlo volver a la realidad, pero su sonrisa tierna y comprensiva le dice sin palabras “somos dos”.

Se despide, dejando la estela vital para sus pulmones…A sus 13 años cada mañana siente que el cielo baja a su bodeguita y el muelle blanco está allí, esperando por sus pensamientos y fantasías azules.

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LA PAREJA DORADA

Su sonrisa me conquistó de inmediato. En la esquina de siempre, con la esposa de siempre esperaba a que bajara el tráfico.

Caballero de fina estampa, con sus “sesenta y pico” bien llevados, siempre lo veía feliz. Pasando un brazo sobre los hombros de su amada, podía imaginársele el rey del mundo. Cabello plata, anteojos también plata, sonrisa amplia, saludaba con garbo a sus conocidos.

Ella discreta, madura y cálida, como su sonrisa, no desbordada, mas bien con aire de misterio que hacía juego con su vestir, recatado, fino y elegante.

Coincidíamos en horario, yo pasaba a comprar un rico café mientras ellos conversaban animadamente sobre sus días compartidos.

Aquel dia los ví, él saludó como siempre, efusivo, cordial, ella afectuosa, cálida…sin conocerlos puedo deducir : “Hey, son felices”, al parecer disfrutan de esa rutina cotidiana que todos llevamos.

Con el pasar de los años, ya no los ví más…quizás están en otra esquina,  otra ciudad, haciendo otros planes, llevando otras vidas.

No lo sé… pero casi podría asegurar que su brazo protector sigue rodeando aquellos hombros femeninos porque es su misión, su vocación, será que así me gusta verlos, será que así me gusta verme, cuando pasen muchos años.

TU ESTILO INIGUALABLE

Conocerte fue como una apertura de sentidos.  Un remanso de paz construído entre  paredes forradas en piedras, todas ellas estratégicamente conglomeradas, recuerdo de travesías infantiles y sabatinas.

Estilo colonial, cuidadosamente moteado de lunas y soles que chocaban cual planetas en un mismo móvil. Lunas y soles que vieron pasar tanta infancia, juventud y madurez, que contemplaron aquella belleza inocente y brillante que permanece intacta en cada rincón.

Patio interno con todas las de la ley, sus caminerías y bancos, helechos y orquídeas, presentaban la tarde y su brisa de costumbre, aquella que peina el plumaje de las cotorras, imitadoras y siempre frescas, contrapunteando  el ladrido del fiel guardián de ojos que hablan …

Espacios que armonizan, ambientes de casona preciosa y sin igual, supiste ver crecer a tus retoños sin mediar palabra.

Y alli permaneciste, ecuánime y valiente, anclada ante los cambios inminentes pero fortalecedores que hoy  elegantemente, te transforman…

EL HOMBRE “DIMINUTIVO”

El hombre diminutivo por supuesto fue un recién nacido muy pequeño. Creció con mucho amor de madre, el padre era como la canción de maná : “oye cucú papá se fue”. Así que en medio de tanta ternura, fue aprendiendo a decir las cosas por su nombre…pero con diminutivo maternal.

“Toma aguita, nené”, “Aquí está tu ropita”, “Haz la tareíta”, y así iba aprendiendo. En el colegio lo veían tan desenvuelto entre tanto diminutivo, que algunos pensaban que se trataba de un lenguaje superior. Lejos de corregirlo lo aupaban a dominar sus “palabritas” y por supuesto era destacado en lo que hacía.

Creció como un joven muy correcto y cortés, por supuesto no decía “palabrotas”. Las mujeres lo adoraban y él recordando a su madre les decía :”Cómo está mi niñita”, y ellas, se derretían, sin preocuparse en descubrir, qué tan “diminutivo” era este hombre diminutivo.

Algunos hombres dudaban de su hombría y murmuraban a sus espaldas, pero cuando lo conocían a profundidad se encantaban con su ternura, dedicación y desinterés.

El hombre diminutivo era muy optimista, las lecciones de infancia le ayudaron a construir siempre paisajes lindos y atardeceres en pps, siempre una sonrisa en su cara lució.

Un día se sintió “malito”, le dió una “llamadita” a su mamá y le dijo “mamita, creo que me voy a morir”.

Y se murió… En medio de este mundo sin diminutivos ni pps, fue extrañado, llorado y desde entonces sus diminutivos fueron incluídos en todos los diccionarios del mundo, en todas las lenguas maternales y en todas las conversaciones cotidianas (por ejemplo :”dame un cafecito”).

EL PROBLEMATICO

Francisco era conocido por su “arrolladora personalidad”. Nunca se quedaba con las ideas en la cabeza y la sinceridad (y a veces “sincericidio”), formaban parte de su diaria convivencia.

Aplomado aunque de baja estatura, tenía una presencia carismática y en ocasiones, intimidante. Su voz regia y bien modulada, bien le habría servido para ser tenor en vidas anteriores.

 Le decían “el problemático”. Siempre había “una mosca en su sopa” y hacer valer sus derechos parecía consigna bordada en sus impecables camisas.

Su suerte en el amor no era tal. Aunque no  tenía problemas para llamar la atención de una mujer, generalmente sus relaciones terminaban con frases tenebrosas como “debes ser más cuidadosa” o “el espejo no miente, recuérdalo”…Ellas huían por su salvación y pasaban el guayabo leyendo algún libro de autoayuda, pero jamás volvían a buscarlo.

El problemático asumía estas “jubilaciones femeninas” como “no estuvo a mi altura”. (Una altura ya descrita en  párrafos anteriores).

El problemático siempre tuvo muchos amigos pero casi todos eran “amigotes”, la realidad es que era un tipo solitario y más sentimental de lo que se tenía pautado demostrar.

Un día descubrió que no quería ser problemático…pero nunca supo como salir de su perfecta coraza, aplomada, brillante, y – hasta el fin de sus días- conveniente .

INVISIBLES REDES…

Pensó que la noche ayudaría un poco a adormecer sus constantes pensamientos, absurdos pensamientos de escape, de liberación.

Tomó la ducha de siempre, a la hora de siempre y escuchó la música que la llamaba desde la habitación.

Tuvo esta vez el agua un efecto relajante y decisivo, decisión que intentó disolver en la loción perfumada y provista de los nutrientes nocturnos para mantenerla esperanzada -por no decir aferrada- a su madura edad.

El dormía y las penumbras desdibujaban su perfil tenuemente. Lo detalló como nunca y lo reconoció como siempre…allí seguro y tibio, tranquilo, respirando pausadamente : respirando su perfume, soñando con sus “sensibilidades de mujer” y gustosamente atrapado entre sus invisibles redes.

Lo arropó un poco más con dulce instinto materno, besó sus ojos cerrados, rozó sus labios y se despidió de esa penumbra desdibujadora, de esa tibieza dormida… para no volver jamás.

Algunas noches cuando el frío se cuela en su corazón senil y cansado, se pregunta dónde fue a parar esa tibieza nocturna, cuándo exactamente se rompió la invisible red que cuidadosamente entretejió por tantos años …

PARIS ANTE TI

Todavía recuerdo aquel cuarto que fue parte de tu juventud de estudiante. Tus libros impecablemente ordenados, tus “cassettes” identificados con letra cursiva en punta fina azul, el olor tan característico a antiguo, a casona, a otros tiempos…

Te gustaba interpretar canciones con esa guitarra gastada y acústica, punteando melodías revolucionarias y también románticas, pero nunca olvido cuando nos complacías a las niñas, que jugábamos soñando, que crecíamos ante tus canciones.

“París ante tí! ” siempre decía yo tímidamente.

Sonreías y de inmediato nos paralizábamos ante tus acordes:

“Renovado esplendor esta noche hay en tí…
Qué bonita que estás, qué bien luces así…
con el blanco marfil del vestido de tul,
maquillada muy bien y tu tapado azul…

Y los hombres envidian mi suerte…
lo común se transforma ante mí…
y orgulloso te llevo del brazo,
y PARIS se arrodilla ante tí…

Ni te imaginabas lo que producías para ese entonces en varias mentes inquietas y soñadoras, podría decirse que casi exactamente la misma sensación que hoy me produce evocar después de tantos años :

“Esta noche especial en que estás junto a mí,
con mi amor a tus pies aferrado de tí…
ha de ser de los dos para siempre verás,
y que el tiempo no habrá de borrar nunca más…”