MUSA Y ARTISTA

Era una costumbre adictiva ya. Tomaba el atajo muy temprano, ajustaba su sobretodo y mientras caminaba pensaba que esta sería la última vez. Subía las viejas escaleras, casi en ruinas, acompañados sus pasos por aquellos violines “in crescendo”

El escuchaba sus pasos y de inmediato el agua ya estaba lista para el té. Lo tomaban juntos, como envalentonándose mutuamente, entibiando un poco más aquel ambiente denso y silencioso.

El, a su lienzo, su lienzo en blanco…como para el escritor el comienzo de una obra, como para el escultor la primera cincelada, así sentía el joven artista cada amanecer desde que descubrió a su musa.

Ella nunca podía desvestirse con prisa. Lo hacía lento mas no estudiado. Despojarse de aquel abrigo era como una antesala al bautismo…purificación con pecado se mezclaban cuando su hermosa desnudez se hacia presente :Imponente y frágil a la vez, cada curva precisa y delicada, sus rasgos finamente tallados, grandes ojos de mirada triste, larga cabellera de un increíble bronce arropaba su timidez, sus hermosos pechos virginales y plenos sugerían tibieza. Allí recostada le sonreía un poco y sus ojos aceitunados le daban fuerza.

A diario sentía la resequedad en su garganta ante tal hermosura, mezcla de admiración y veneración le daban a su pincel justo lo que necesitaba y comenzaba a volar : Cada trazo era una caricia muy leve en sus curvas, trazos lentos, algunos suaves algunos con fiereza, repiración fuerte sólo opacada por los violines de siempre.

Descubrir sus ángulos era todo un reto, detenerse a verla, a contemplarla por exquisitos segundos y luego plasmarla allí como si la estuviese acostando con suavidad en aquel lienzo, era parte de su naciente talento…

Ella se transportaba… sentía que le hablaba con sus miradas, percibía su propio aroma de mujer desnuda, floreciente y el deseo desconocido hasta entonces la embriagaba hasta casi hacerla gemir… gemidos ahogados sólo por los violines cómplices de siempre.

El tiempo nunca se detenía en el reloj de pared, cuando sonaba se detenía aquel pincel, se cubría aquella desnudez, se esquivaban aquellos ojos, se despedían aquellas manos, las del artista enamorado, las de la musa ardorosa y vehemente.

Bajaba las escaleras. Ahora los violines “in decrescendo”, ajustaba su abrigo y sabía que regresaría al día siguiente aún cuando siempre su despedida era : “No creo regresar mañana”…

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