
Mi Marilyn Monroe me acompaña desde tiempos remotos. En mi primer piso alquilado, me la llevé a cuestas unos cuantos pisos, por ser un apartamento “de los años 30″ del que escribí hace algún tiempo y cuyos recuerdos permanecen frescos en mi memoria.
“La Marilyn” desde un piso 10 y en pleno balcón, parecía disfrutar de la brisa nocturna que literalmente le levantaba su vestido glamoroso e inmortal.
Muchas veces conversábamos después de una noche distinta o sencillamente cuando necesité respirar mirando las luces reflejadas en el “Parque Negra Hipólita”.
Luego nos fuimos dos cuadras más allá. Ahora desde un piso 7 podía seguir haciendo gala de su “charming” y callada estampa, preciosa y sin igual vió cómo transcurrían las etapas y nunca perdió su eterna sonrisa.
Ahora mi Marilyn me mira desde el rincón que escogí momentáneamente para ella. Sus ojos me hablan más que nunca, reclamando el protagonismo acostumbrado.
Yo le digo “Paciencia, diva…” y ella parece comprender que las transiciones también existen y que en mi glamour y estrellato al que llamo “vida” (y que ella conoce perfectamente), hay momentos en que soy y me siento toda una “Best Actress in a supporting role“
Escrito en Refrescantes




